Dos maneras de aprender cuánto valemos
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Hay familias que atraviesan momentos en los que falta el dinero y sobran las razones para sentir miedo. Es ahí donde una mirada puede decir más que cualquier discurso.
Una mamá mira al papá de sus hijos con amor y admiración, incluso cuando él no logra resolverlo todo. Lo ve preocupado, quizá derrotado, y no reduce su valor a lo que puede traer a casa. Sigue reconociendo al hombre que tiene delante. Él puede sentirlo, y sus hijos también lo ven.
Hay algo hermoso en esa forma de mirarse. Los problemas siguen ahí, pero no borran lo que uno admira del otro. Tampoco convierten a quien atraviesa una dificultad en alguien menos digno de amor. Crecer viendo eso enseña que se puede fallar, llorar y volver a casa sin perder el lugar que se tiene en la familia.
No todos crecimos con esa certeza.
Hay personas que, cuando algo salía mal, no encontraron una mirada así. Vieron decepción, molestia o preocupación. Sintieron que su tristeza incomodaba y que sus problemas eran una carga. Quizá nadie les dijo “solo te quiero cuando triunfas”. Pero los gestos, las comparaciones y los silencios les enseñaron a no volver con las manos vacías.
Entonces aprendieron a llegar con resultados. A no mostrar demasiado lo que les dolía. A ser útiles, capaces, fuertes. Con el tiempo, conseguir y tener se volvieron el centro de su vida. Un ascenso, una cifra, una casa o el reconocimiento de otros parecían prometerles la tranquilidad que les faltó.
El problema es que cada logro dura poco cuando tiene que responder una pregunta que nació mucho antes: “¿Soy digno de amor incluso cuando no tengo nada que mostrar?”
Esto le puede pasar a cualquiera. Hay quienes esconden la tristeza detrás del trabajo, convierten el miedo en control o buscan afecto a través de sus resultados. Y pueden pasar años llamando “propósito” a una carrera que, en el fondo, intenta sanar una herida.
No se trata de renunciar a las ganas de crecer ni de restarles valor a los logros. Se trata de reconocer desde dónde los buscamos. Una cosa es elegir una meta porque nos importa. Otra es sentir que, si no la alcanzamos, perdemos nuestro lugar.
La mirada de amor y admiración que permanece durante una derrota deja una huella profunda. Su ausencia también. Reconocer esa diferencia puede ayudarnos a construir una vida propia, sin exigirle al siguiente logro que decida cuánto valemos.
Este artículo nació de la reflexión que me provocó el video de Instagram de @loshombres.si.lloran. Los invito a verlo aquí.