Qué fácil ser fuerte con quien no puede responderte
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Dices que tienes carácter, que vas de frente, que contigo las cosas son claras.
Pero cuando alguien te pone un límite, te ofendes. Cuando señala un error tuyo, terminas hablando de los suyos.
Vale la pena mirarte sin adornos.
Quizá esa fuerza que tanto defiendes depende de que el otro ceda.
Te sientes seguro mientras tienes la última palabra. Mientras nadie cuestiona tu criterio. Mientras puedes subir el tono y el otro tiene que cuidar el suyo.
Eso merece una revisión honesta.
También puedes usar tu cargo, tu dinero, tu experiencia o lo que has hecho por alguien para cobrar obediencia. “Después de todo lo que hice por ti” puede ser una manera de quitarle el derecho a decirte que no.
Y duele reconocerlo, puedes querer a alguien y castigarlo cuando no cumple tus expectativas.
Retirarle la palabra, volverte frío, ridiculizar lo que siente, hacer que termine pidiendo perdón solo para recuperar la tranquilidad.
Después dices que nadie te comprende.
Pero cuánto espacio dejas para que alguien sea distinto de lo que necesitas.
Mira qué te pasa cuando no puedes controlar la respuesta del otro. Qué intentas proteger cuando necesitas ganar una discusión. Qué haces con la vergüenza de equivocarte.
Ahí tienes trabajo.
En reconocer el daño sin añadir un “pero tú”. En pedir perdón sin exigir que te perdonen. En escuchar un límite sin convertirlo en una deuda.
Puedes empezar por dejar que una conversación termine sin que tú ganes.
Por soportar la incomodidad sin descargársela a nadie.
Si los demás tienen que hacerse pequeños para que tú te sientas fuerte, te toca revisar de qué está hecha tu fuerza.