La estructura que intenta agradar a todos termina olvidando al negocio
Por Mauricio Jaramillo Montoya
También las organizaciones pueden acostumbrarse a vivir pendientes de los demás.
Crean cargos para no incomodar a alguien.
Mantienen funciones porque “siempre se ha hecho así”.
Duplican responsabilidades para evitar conversaciones difíciles.
Conservan niveles jerárquicos para no afectar el estatus de ciertas personas.
Y llaman flexibilidad a lo que, en realidad, es falta de decisión.
Desde fuera puede parecer consideración. Incluso generosidad.
Pero una estructura no existe para agradar, proteger posiciones ni evitar conflictos. Existe para responder a lo que el negocio necesita.
Cuando la organización se concentra demasiado en conservar el equilibrio actual, deja de preguntarse:
¿Qué decisiones necesitamos tomar?
¿Dónde deben ocurrir?
¿Qué responsabilidades son realmente necesarias?
¿Qué capacidades exige la estrategia?
¿Qué cargos ya no aportan como antes?
Entonces aparecen estructuras que sostienen a las personas, pero no necesariamente al negocio.
Unos acumulan decisiones porque temen perder el control. Otros asumen responsabilidades ajenas para sentirse indispensables. Algunos evitan decidir para no equivocarse. Y otros se adaptan tanto que terminan ocupando un lugar que ya no tiene sentido.
Así, el organigrama deja de mostrar cómo debería funcionar la organización y empieza a revelar sus miedos, dependencias y conversaciones pendientes.
Rediseñar una estructura no consiste solamente en mover cajas. Implica reconocer qué seguimos sosteniendo para no incomodar, qué decisiones estamos postergando y cuánto le cuesta al negocio conservar una aparente armonía.
Una organización también puede olvidarse de su propósito intentando mantener a todos conformes.
Y quizá la pregunta no sea quién necesita conservar su lugar, sino qué estructura necesita realmente la estrategia.