Cuando cuidar al otro significa abandonarte
Por Mauricio Jaramillo Montoya
A veces no cuidamos a los demás por generosidad.
Los cuidamos para sentirnos necesarios. Para evitar el conflicto. Para demostrar nuestro valor. Para conservar el control. O, simplemente, porque tememos que, si dejamos de hacerlo, se alejen.
Entonces nos anticipamos a sus necesidades, resolvemos lo que no nos corresponde y permanecemos disponibles incluso cuando estamos agotados.
Desde fuera parece entrega.
Por dentro, muchas veces, es miedo.
Miedo a decepcionar.
A dejar de ser importantes.
A que nos rechacen cuando pongamos un límite.
A descubrir que algunas personas estaban cerca no por quienes somos, sino por todo lo que hacíamos por ellas.
El problema no está en cuidar.
Está en convertir el cuidado en la condición para sentirnos queridos.
Cuando el vínculo depende de cuánto resolvemos, cuánto cedemos o cuánto soportamos, dejamos de relacionarnos desde la libertad. Empezamos a negociar nuestra presencia a cambio de permanencia.
Y así, intentando que nadie se vaya, somos nosotros quienes nos abandonamos.
Callamos lo que necesitamos.
Aceptamos lo que nos duele.
Confundimos comprensión con justificación.
Y llamamos amor a nuestra dificultad para decir “hasta aquí”.
Cuidar de verdad no exige desaparecer.
Un vínculo sano puede sostener un límite, una diferencia y hasta una negativa. No necesita que una persona se reduzca para que la otra permanezca.
Quizá la pregunta no sea cuánto haces por los demás, sino desde dónde lo haces:
¿Desde el amor o desde el miedo?
¿Desde la elección o desde la necesidad de ser indispensable?
Quien solo permanece mientras te sacrificas no está eligiéndote a ti.
Está eligiendo lo que obtiene de ti.