¿Con el cerebro, con el corazón… o con el estómago?
¿Con el cerebro, con el corazón… o con el estómago?
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Nos enseñaron a elegir bien. A pensar antes de actuar. A usar la cabeza.
Luego, la vida nos mostró otra cosa: que hay decisiones que no pasan por la lógica, que se sienten en el pecho, que aprietan, que expanden, que inquietan.
Y entonces apareció el corazón como guía. “Haz lo que sientas”, dicen. Como si sentir fuera siempre claro.
Pero no lo es.
Porque también está el estómago. Ese lugar silencioso donde algo se revuelve antes de que sepamos por qué. Ese aviso que no tiene palabras, pero sí dirección.
Y ahí es donde todo se vuelve más interesante.
No decidimos solo con una parte. Nunca lo hemos hecho.
El cerebro organiza, estructura, proyecta. El corazón conecta, moviliza, le da sentido. El estómago advierte, intuye, reacciona.
El problema no es elegir entre uno u otro. El problema es cuando uno de ellos intenta imponerse y callar a los demás.
Cuando la razón desestima lo que se siente. Cuando la emoción ignora lo que es evidente. Cuando la intuición se descarta por no ser “explicable”.
Ahí es donde empezamos a fragmentarnos.
Porque decidir no es un acto técnico. Es un acto humano.
Y lo humano no es lineal.
Hay decisiones muy bien pensadas que no se sostienen. Hay decisiones profundamente sentidas que no encuentran forma. Y hay intuiciones que, aunque incómodas, terminan siendo certeras.
Quizá el verdadero reto no es elegir con qué decidir, sino aprender a escuchar.
Escuchar de verdad.
Darle espacio a la mente para entender. Al corazón para resonar. Y al estómago para advertir.
No siempre estarán de acuerdo. Pero cuando logran alinearse, algo cambia.
Aparece una sensación distinta. Más tranquila. Más firme. Más completa.
Como si, por un momento, todo dentro de nosotros apuntara en la misma dirección.
Y tal vez ahí, justo ahí, no estamos decidiendo solo con el cerebro, ni solo con el corazón, ni solo con el estómago.