Las flores que dejamos para después
Por Mauricio Jaramillo Montoya
A veces las flores en el cementerio dicen más de lo que queremos demostrar a los vivos que del amor que dimos a quienes ya se fueron.
Es una idea incómoda. Porque obliga a mirar nuestras intenciones, incluso detrás de gestos que parecen incuestionables.
Las flores pueden expresar cariño, gratitud y una ausencia que todavía duele. También pueden intentar aliviar una culpa o sostener una imagen: la del buen hijo, la pareja entregada, el amigo que siempre estuvo.
Cada uno sabe lo que lleva cuando llega hasta una tumba. Y, a veces, necesita detenerse para reconocerlo.
Nos cuesta aceptar que podemos querer a alguien y haberlo descuidado. Que pudimos estar pendientes de resolverle la vida sin escucharlo. Que buscamos tener razón cuando necesitaba compañía. Que esperamos a tener tiempo, a superar una diferencia o a encontrar las palabras adecuadas.
Mientras tanto, la vida siguió.
Muchas veces el afecto queda atrapado en lo que necesitamos recibir: reconocimiento por lo que hacemos, seguridad de que nos quieren, tranquilidad de que cumplimos. Entonces damos desde la necesidad de sentirnos valiosos, indispensables o correctos. Y nos cuesta ver qué necesita realmente la otra persona.
La muerte deja esas conversaciones sin respuesta. Ya no podemos escuchar cómo vivió nuestro cariño ni reparar juntos lo que dolió.
Quienes nos dieron la vida están envejeciendo. Algunos hablan más despacio, repiten historias o necesitan una ayuda que les cuesta pedir. Nuestra impaciencia también les responde. Nuestra presencia también.
Todavía podemos llamar sin afán, escuchar una historia conocida, agradecer algo concreto o pedir perdón sin justificar cada palabra.
Las flores tienen su lugar. El amor necesita espacio en la agenda, atención en la conversación y humildad para reconocer lo pendiente.
Ojalá lo que llevemos un día al cementerio sea gratitud por lo vivido, y no todo el cariño que fuimos dejando para después.
Inspirado en el texto "La generación que nos dio la vida", de Iñaki Leonard.