Decencia
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Ya casi no se escucha la palabra DECENCIA. Y cuando aparece, solemos reducirla a ser respetuosos, hablar bien, no levantar la voz, guardar las formas.
Pero se puede ser amable y profundamente indecente.
La decencia es actuar con honestidad y consideración por los demás, incluso cuando hacerlo pone en riesgo nuestra imagen, comodidad o posición. Es no aprovecharse de una ventaja. Es reconocer el daño que causamos, aunque no haya sido nuestra intención.
Se puede saludar con una sonrisa y destruir la reputación de alguien cuando sale de la sala. Hablar de transparencia mientras se oculta información. Defender los valores de la empresa y callar cuando alguien es tratado de una manera que no aceptaríamos para nosotros.
Lo difícil es que casi siempre tenemos una explicación: “No era mi decisión”, “No quería crear un problema”, “Tenía que cuidar mi puesto”. Podemos sentir miedo y, aun así, ser responsables de lo que hacemos para no sentirlo. La explicación puede ser comprensible y el daño sigue siendo real.
Ahí aparece la distancia entre la persona que decimos ser y la que otros tienen que soportar.
La decencia se pone a prueba cuando decir la verdad tiene un costo. Cuando podemos sacar ventaja y nadie lo sabría. Cuando nos toca admitir que fallamos, reparar el daño y pedir perdón sin añadir un “pero”.
No se trata de no equivocarse. Se trata de no convertir cada error en una excusa para quedar bien con nosotros mismos.
Podemos hablar impecablemente de liderazgo, cultura y valores. Pero si nuestra conducta cambia según quién está mirando o qué podemos perder, esas palabras pesan muy poco.
La decencia empieza cuando dejamos de preguntarnos cómo vamos a quedar y nos hacemos cargo de lo que estamos haciendo.
Inspirado en la publicación LOS DEMÁS EN EL ESPEJO de Ignasi Catalan del 27 de septiembre en Linkedin.