En algunas organizaciones, cuando llega el momento de evaluar el desempeño de un empleado para otorgarle un aumento en su compensación o pagarle su modelo de compensación variable, es común escuchar frases como: "¿Cómo no le voy a hacer un incremento con todo el esfuerzo que hizo?" o "¿Cómo no voy a pagarle la compensación variable después de todo lo que trabajó para lograr los resultados?"
Estas expresiones, más que hablar del desempeño del empleado, dicen mucho sobre el líder que las pronuncia. Reflejan una evaluación subjetiva basada en la percepción del esfuerzo en lugar de una valoración objetiva de los resultados alcanzados. Además, pueden evidenciar una falta de gestión y seguimiento oportuno por parte del líder.
Si un empleado se esforzó, pero no logró los resultados esperados, la responsabilidad no recae únicamente en él. Es posible que las metas no hayan sido correctamente definidas o que, en el transcurso del periodo, las condiciones hayan cambiado y los objetivos no se hayan ajustado a tiempo. También puede ser que no haya contado con las herramientas necesarias, que no haya recibido el acompañamiento adecuado o que no se haya realizado un monitoreo constante del cumplimiento de sus responsabilidades. Todo esto apunta a una falla en la gestión del líder más que en el desempeño del empleado.
No se trata de restarle importancia al esfuerzo, sino de entender que en el mundo organizacional, la compensación debe estar alineada con los resultados y no con la percepción de sacrificio. De lo contrario, se corre el riesgo de generar inequidades, pagar por procesos ineficientes y desmotivar a quienes logran sus objetivos con efectividad.
Los líderes tienen la responsabilidad de garantizar que la gestión del desempeño sea justa, basada en indicadores claros y en un acompañamiento real durante el proceso. No basta con salir con frases sentimentales al final del periodo de evaluación. La verdadera gestión del talento implica estar presente, ajustar las metas cuando sea necesario, dar retroalimentación oportuna y, sobre todo, generar las condiciones necesarias para que los resultados sean retadores y alcanzables.
Al final del día, lo que paga la empresa no es el esfuerzo, sino los resultados, y la calidad del liderazgo es clave para lograrlos.