En el deporte hay momentos que explican más de lo que cualquier explicación técnica podría. Uno de ellos ocurrió en los Juegos Olímpicos de Río 2016, en la final de los 200 metros mariposa. Michael Phelps avanzaba con la mirada fija hacia adelante, mientras Chad Le Clos lo seguía con la mirada puesta en él, no en la meta. Esa imagen se volvió icónica porque muestra algo que todos entendemos sin palabras. Cuando tu atención se va hacia otros, tu propio avance se diluye; cuando permanece en tu camino, se vuelve más firme y consistente.
Pero hay otro detalle menos conocido que también enseña mucho sobre avanzar de manera efectiva. Durante años nos enseñaron que, para nadar bien, había que juntar los dedos como en forma de “cucharita”. La lógica era clara, así se desplaza más agua, así se avanza más rápido. Lo repetían como quien dice que no puedes tomar sopa con tenedor. Y sin embargo, Phelps nadaba con los dedos ligeramente abiertos. Para él, esa técnica funcionaba. Para otros, la misma postura haría perder velocidad.
La lección es evidente: no todo lo que impulsa a alguien más te impulsa a ti. No toda técnica ganadora es universal, y no todo lo que parece lógico para otros es útil para tu propio avance.
Lo mismo sucede en las organizaciones cuando hablamos de compensación y benchmarking. Hay empresas que viven pendientes del mercado, ajustando curvas, reaccionando a cada movimiento, replicando prácticas solo porque “funcionan” en otros. Sin darse cuenta, dejan de avanzar por lo que necesitan y comienzan a depender de lo que hacen los demás. Nadie se da cuenta de que su atención ha salido de su propio carril.
En el otro extremo están las organizaciones que sienten seguridad absoluta: “Pagamos bien, estamos arriba de la mediana, no necesitamos mirar afuera”. Suena firme, incluso admirable. Pero a veces es solo un espejismo. Pagar bien es comprender qué valoras, reconocer qué capacidades son esenciales para crecer, qué roles empujan el futuro y qué talento sostiene lo que la organización quiere llegar a ser. No mirar el mercado puede llevarte a invertir en lo correcto o en lo equivocado.
Ambos extremos, mirar demasiado afuera o confiarse solo en lo propio, crean puntos ciegos. Imitar al mercado sin identidad diluye la estrategia. Ignorar el mercado mientras confías en tu fortaleza en la compensación puede generar desconexión y pérdida de sensibilidad.
El verdadero avance ocurre cuando la organización entiende que la competitividad externa no es para copiar, sino para iluminar. Es un espejo que ayuda a hacerse preguntas más profundas: ¿Qué necesitamos fortalecer? ¿Qué capacidades debemos atraer? ¿Dónde estamos sobreinvirtiendo y dónde nos estamos quedando cortos? ¿Qué señales externas pueden anticipar cambios internos que todavía no hemos visto?
Responder estas preguntas no se logra mirando solo hacia adentro ni solo hacia afuera. Se logra leyendo el contexto sin perder la identidad. Ese equilibrio es donde una empresa deja de depender y empieza a avanzar.
Al final, avanzar no depende de observar a los demás ni de confiar únicamente en los números. Avanzar depende de mirar con intención, conocer tu propia técnica, entender lo que funciona para ti y lo que no, y usar la información externa para fortalecer tu camino, no para dictarlo. Como nadar con los dedos abiertos puede ser lo mejor para uno y no para otro, pagar bien y con sentido refleja la coherencia entre lo que valoras y lo que quieres construir.
Entre avanzar y depender hay una frontera muy fina. Cruzarla depende de dónde decides poner la mirada y de conocerte lo suficiente para saber cuándo abrir los dedos y cuándo cerrarlos. Esa es la diferencia entre nadar por imitación y nadar con propósito.