Cuando hablamos de cuánto debería ganar alguien, solemos apoyarnos en eso que llamamos “sentido común”. Frases como “ese puesto no puede ganar menos de X” o “si hace esto, debería ganar aquello” nos parecen obvias. Suena lógico, ¿verdad? Pero, como muchas veces pasa con lo que parece obvio, no siempre es tan simple.
Lo que creemos “claro” muchas veces es solo una sensación, un reflejo de lo que hemos visto antes, de rumores, de comparaciones rápidas o de ideas tan repetidas que parecen evidentes.
El sentido común nos da una impresión de lo que parece justo o adecuado, pero no permite focalizar ni tomar decisiones claras. Saber que un gerente suele ganar más que un asistente o que alguien con habilidades especiales puede recibir más que quien hace tareas generales nos da una idea, pero no nos dice cuál es el número exacto, ni cómo ese salario refleja realmente lo que se espera del rol o de la persona. Es un primer vistazo, pero no alcanza para guiar decisiones concretas.
A veces escuchamos que “en tal compañía pagan más por hacer lo mismo”. Puede generar confusión o incluso sensación de injusticia, pero en realidad nos recuerda algo fundamental: los salarios dependen del contexto, de la historia de cada organización y del mercado en el que compite.
No hay un número universal. Cada lugar tiene su lógica, sus necesidades, sus limitaciones y sus prioridades. Comprender esto es clave para asignar salarios que tengan sentido, en lugar de guiarnos solo por lo que “parece justo”.
El sentido común que todos sentimos sobre lo justo o adecuado no es suficiente. Nos da una brújula emocional, un faro que nos evita errores obvios, pero no reemplaza la mirada consciente, la información concreta y la reflexión sobre el rol, la persona y el contexto.
Debemos combinarlo con observación, datos y criterio, mirar alrededor, escuchar y cuestionar lo que creemos evidente. Solo así lograremos que un salario no sea solo un número, sino una decisión coherente, valiosa y alineada con lo que realmente importa.
El sentido común es, en realidad, el menos común de los sentidos.
No basta con intuir lo justo, hay que pensar, observar y decidir con claridad.