Cállate para que entiendas
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Hemos convertido el silencio necesario para entendernos en un “cállate para que entiendas”.
Parecen silencios iguales, pero nacen de lugares muy distintos.
Uno hace espacio, permite escuchar lo que el otro está diciendo sin preparar inmediatamente una defensa. El otro silencia, espera su turno para corregir, demostrar o imponer una verdad que ya considera definitiva.
No siempre callamos al otro levantando la voz. También lo hacemos cuando minimizamos lo que siente, completamos sus frases, respondemos sin haber comprendido o aparentamos escuchar mientras buscamos cómo ganar la conversación.
Cada persona lo hace desde un lugar diferente.
Algunas necesitan tener la razón para sentirse seguras, otras intentan convencer para obtener reconocimiento, algunas evitan el conflicto y guardan lo que piensan, hasta que el silencio se convierte en distancia. También están quienes se protegen retirándose emocionalmente o reaccionan con intensidad porque interpretan una opinión diferente como una amenaza.
En todos los casos, dejamos de escuchar al otro y comenzamos a defendernos de lo que creemos que sus palabras dicen sobre nosotros.
Por eso, entendernos no depende únicamente de hablar con claridad. También exige reconocer qué se activa dentro de nosotros cuando alguien cuestiona nuestra posición.
¿Necesito demostrar que sé?
¿Temo perder autoridad?
¿Estoy evitando una conversación incómoda?
¿Quiero comprender o solamente ser comprendido?
El silencio que acerca no es ausencia ni sometimiento, es presencia. Es suspender por un momento nuestras certezas para permitir que la experiencia del otro también tenga un lugar.
Tenemos más canales de comunicación que nunca. Lo que necesitamos aprender es a permanecer en una conversación cuando aparece la diferencia, sin sentir que debemos defendernos, imponernos o hacer callar al otro.
Entendernos no exige pensar igual.
Exige escuchar para comprender, no para responder ni convencer.
Texto inspirado en la publicación de Iñaki: El teléfono que podía evitar el fin del mundo.