Hay cosas que en las organizaciones ya no se defienden. No porque sean sólidas, es porque dejaron de pensarse.
Procesos, estructuras, roles, esquemas de compensación, indicadores, protocolos de gestión. No se discuten, no se revisan, no se miran.
Simplemente se dan por hechos.
Y ahí empieza lo verdaderamente peligroso.
Cuando algo deja de cuestionarse en una organización, no se vuelve correcto ni estratégico, se vuelve norma. Y la norma, cuando se instala, deja de necesitar argumentos. Se sostiene sola a punta de repetición, costumbre y callar.
Es fácil reconocerlo, “siempre ha sido así”, “aquí funciona”, “no es el momento de mover eso”, “no nos compliquemos”. Frases que no buscan convencer, sino cerrar la conversación.
Hannah Arendt advertía que el mayor riesgo no es la maldad consciente, sino la renuncia a pensar cuando todo parece funcionar. En las organizaciones sucede algo similar. No es que las decisiones sean incorrectas desde el inicio. Es que, con el tiempo, dejamos de hacernos responsables de ellas.
Lo incuestionable no grita, no impone, no amenaza, se desliza. Se presenta como sentido común, como profesionalidad, como “solidez organizacional”.
Y sin darnos cuenta, empezamos a obedecer diseños que nunca elegimos conscientemente. Estructuras que ya no responden a la estrategia. Modelos de compensación que ya no reflejan el valor real del trabajo. Roles definidos para una empresa que ya no existe.
No por miedo, por inercia.
Aquí es donde muchas organizaciones se confunden. Creen que cuestionar es llevar la contraria. Que revisar es desestabilizar. Que rediseñar es admitir un error.
Pero cuestionar no es oponerse. Es hacerse responsable.
Responsable de alinear lo que se hace con lo que se quiere lograr. Responsable de revisar si lo que antes funcionó sigue siendo útil hoy. Responsable de reconocer que el contexto cambia, aunque en ocasiones los organigramas no se muevan.
Cuando una organización deja de preguntar, no gana estabilidad, pierde criterio.
Y cuando se pierde criterio, las decisiones ya no se toman desde la intención, sino desde la costumbre. Desde lo que resulta cómodo, desde lo que evita conversaciones difíciles.
Por eso, lo que no se cuestiona acaba gobernando.
Gobierna la estructura, aunque no habilite el desempeño. Gobierna las curvas de compensación, aunque estén comprimidas y ya no diferencien. Gobiernan los roles, aunque no aporten valor claro…
El desafío no es cambiar por cambiar, es volver a mirar.
Mirar lo que hoy se da por hecho, lo que ya no se discute, aquello que, por no incomodar, se dejó intacto.
Cuando todo se vuelve automático, alguien o algo termina decidiendo por nosotros.
Cuestionar no es un lujo intelectual. Es un acto de diseño.
Diseñar con conciencia, con criterio, sabiendo que lo invisible, lo que no se revisa, también gobierna.
Y que vale la pena preguntarse, una y otra vez: ¿Esto que hoy gobierna lo elegimos realmente?
P.D: Este post fue inspirado en la publicación de Ignasi Catalan: LO CUESTIONABLE.