El costo de hacer las cosas como siempre
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Una estructura organizacional no es simplemente un conjunto de cargos, áreas y niveles.
Es una forma de distribuir decisiones, responsabilidades, capacidades y recursos para que la estrategia pueda ejecutarse.
Por eso, cada posición tiene un costo. Pero la pregunta importante no es cuánto cuesta una posición, sino qué valor habilita.
Cuando una estructura agrega costo, pero no agrega valor, tarde o temprano el negocio lo termina pagando.
Lo paga en decisiones más lentas.
Lo paga en duplicidad de responsabilidades.
Lo paga en reuniones que podrían evitarse.
Lo paga en niveles que agregan aprobación, pero no criterio.
Lo paga en personas ocupadas resolviendo problemas que la propia estructura creó.
Y también lo paga cuando las responsabilidades no están claras y las decisiones comienzan a escalarse innecesariamente.
El problema es que estos costos no siempre aparecen identificados como un problema de estructura.
Aparecen como baja productividad, exceso de reuniones, lentitud comercial, dificultades de coordinación, sobrecarga de algunos líderes o frustración de los equipos.
Por eso, diseñar una organización no debería consistir en acomodar cajas en un organigrama.
Debería comenzar por entender qué necesita hacer el negocio, qué decisiones deben tomarse, quién debe responder por los resultados y qué capacidades son realmente necesarias.
Una buena estructura no es la que tiene menos personas.
Tampoco la que tiene menos niveles.
Es la que consigue que los recursos invertidos en ella se conviertan en mayor capacidad para ejecutar la estrategia y generar valor.
Reducir estructura sin criterio puede destruir capacidades.
Mantener estructura sin cuestionarla puede destruir valor.
La pregunta no es ¿Cuánto cuesta nuestra estructura?
Es ¿Cuánto valor genera la estructura que estamos pagando?