En algunas organizaciones, como en la vida misma, todo parece tranquilo mientras las aguas permanecen quietas. Cuando conoces la laguna en la que estás, mientras mantengas la calma, el agua se ve clara, puedes ver el fondo, medir la profundidad y entender tu entorno. Hay seguridad en esa transparencia aparente.
Pero cuidado. Lo que realmente tememos no es el lodo que yace en el fondo, sino que alguien o algo agite el agua. Cuando se mueve, el lodo se levanta, el agua se torna turbia y todo lo que habíamos mantenido oculto aparece a la vista. De repente, lo que parecía controlable deja de serlo, y la claridad se convierte en incertidumbre.
Es común que, en esos momentos, la mirada se dirija hacia quien agitó el agua, señalando culpables, justificando la turbidez. “No es el lodo”, se dice, “es quien lo remueve”. Pero la verdad es que la turbulencia solo hace visible lo que siempre estuvo allí. Lo que ocultamos no desaparece por mantener la calma; simplemente permanece invisible hasta que algo lo expone.
La pregunta que debemos hacernos no es a quién señalamos, sino qué laguna queremos mantener: ¿una donde la calma aparente es un velo sobre el fondo, o una donde conocemos y enfrentamos lo que yace bajo la superficie? Porque, al final, la claridad verdadera no depende de la quietud del agua, sino de nuestra disposición a mirar lo que hay debajo.