Cuando el aplauso se convierte en una trampa
Por Mauricio Jaramillo Montoya
Hay personas que consiguen resultados extraordinarios. Crecen rápido, destacan, reciben reconocimiento y construyen una imagen de éxito que los demás empiezan a confirmar.
El problema aparece cuando, en el fondo, saben que sus bases no son tan sólidas como parecen.
Y entonces ocurre algo muy humano, cuanto más reconocimiento reciben, más necesitan demostrar que ese reconocimiento es verdad.
Ya no basta con haber logrado algo. Hay que sostenerlo, defenderlo, repetirlo, incluso exagerarlo.
Aceptar una duda interna sería mucho más doloroso que seguir demostrando hacia afuera.
El reconocimiento deja de ser una consecuencia del éxito y se convierte en una necesidad. La persona empieza a depender de la mirada ajena para sentirse valiosa, competente, importante o segura.
Y puede llegar muy lejos para no perder esa imagen.
Acepta desafíos que no está preparada para sostener, oculta errores, evita reconocer límites, se aferra a posiciones, relaciones o proyectos que ya no funcionan. No necesariamente porque quiera engañar, sino porque necesita seguir creyendo en la versión de sí misma que los demás han validado.
Pero la realidad no negocia eternamente con nuestras necesidades de reconocimiento.
La vida cambia las circunstancias, retira apoyos, cambia los mercados, los equipos, los cargos, las relaciones y las reglas del juego.
Y entonces aparece la verdadera pregunta:
¿Qué queda cuando desaparece aquello que demostraba que eras alguien?
Ahí se distingue el éxito construido sobre raíces del éxito sostenido sobre aplausos.
Porque no hay nada malo en disfrutar el reconocimiento. El problema comienza cuando necesitamos que otros nos reconozcan para poder reconocernos nosotros.
La verdadera fortaleza no consiste en convencer al mundo de quién eres.
Consiste en conocerte lo suficiente para no tener que convencerlo.
A veces, la vida parece dura cuando nos quita algo que creíamos imprescindible. Pero probablemente no nos está castigando, posiblemente está quitando el escenario para mostrarnos qué había realmente detrás.
No todo crecimiento es solidez.
Las raíces no se ven cuando todo está funcionando. Se descubren cuando llega el viento.